Fashion Quest

FASHION QUEST: Flores Fuera Del Jardín.

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Cada año pasa lo mismo. Se acerca la primavera y empezamos a ver flores por todos lados. En vitrinas, en campañas, en pasarelas, en vestidos ligeros que parecen hechos para días largos y soleados. El estampado floral aparece casi como una regla no escrita de la temporada. Pero pocas veces nos preguntamos de dónde viene esa asociación tan automática. No tanto entre flores y primavera, eso es evidente, sino entre flores y feminidad.

Esa asociación no salió de la nada, en el siglo XVIII, durante el Rococó francés, las flores se volvieron protagonistas en los textiles de la aristocracia. Bordadas en sedas y brocados, hablaban de refinamiento y gusto. La estética se alejó de la rigidez barroca y adoptó líneas más orgánicas, más suaves. Lo floral empezó a relacionarse con ligereza, intimidad, elegancia. Con el tiempo, esa imagen se fue pegando a la idea de lo femenino.

En el siglo XIX, la floriografía terminó de consolidar esa relación. El famoso “lenguaje de las flores” convirtió cada especie en un mensaje. Una rosa roja declaraba amor, un clavel rayado podía significar rechazo. Incluso la forma en que se entregaba la flor o dónde se colocaba en el cuerpo cambiaba el significado. Era un sistema casi secreto que permitía decir lo que socialmente no estaba permitido expresar. Pero al mismo tiempo reforzaba algo: las flores pertenecían al terreno de lo sentimental, lo delicado, lo íntimo. Floral se volvió casi sinónimo de suavidad.

El problema de repetir tanto un símbolo es que termina volviéndose predecible. Y cuando algo se vuelve predecible, también se vuelve vulnerable.

En los años setenta, el punk entendió eso muy bien. En Londres de esa década, Vivienne Westwood tomó elementos tradicionales de la cultura británica, incluidos estampados florales clásicos, y los mezcló con látex, alfileres de gancho, cuero y prendas rasgadas. Desde su tienda SEX en King’s Road, lo que antes evocaba jardines cuidados empezó a convivir con provocación, sexualidad explícita y rabia política.

La combinación era incómoda a propósito. Algo asociado con inocencia aparecía junto a símbolos de agresividad. El resultado no era romántico. Era desafiante. La flor seguía ahí, pero ya no era dócil. Se volvía irónica, casi confrontativa.

Con el paso del tiempo, esa tensión se trasladó a otro espacio: la moda masculina. Durante siglos, lo floral había quedado etiquetado como femenino. Por eso su aparición en la sastrería contemporánea no es un gesto pequeño. Diseñadores como Dries Van Noten incorporaron flores en trajes estructurados, muchas veces en versiones oscuras o con imperfecciones visibles. No se trata de suavizar la masculinidad, sino de ampliarla.

Aquí entra algo interesante que plantea Judith Butler: la identidad no es fija, se construye a través de actos repetidos. Vestir también es uno de esos actos. Si cambias los signos, cambias la lectura. Un traje con flores no elimina la fuerza; cuestiona la definición tradicional de fuerza.

Y luego está Alexander McQueen. En colecciones como Sarabande, los vestidos llevaban flores reales que se marchitaban mientras el desfile seguía. La belleza no era eterna, estaba ocurriendo y desapareciendo al mismo tiempo. La rosa ya no hablaba de romance, hablaba de espina.

Las flores literalmente se marchitaban ahí, en la pasarela. No eran un estampado bonito. Estaban vivas… y después ya no. Y eso se sentía distinto.

Cuando McQueen decía: “Quiero que la gente tenga miedo de las mujeres que visto.”

no era solo provocar, era tomar algo que siempre asociamos con dulzura y cargarlo de otra intención, hacer que lo delicado no fuera sinónimo de débil.

Roland Barthes decía algo clave: los símbolos parecen naturales solo porque olvidamos que alguien los construyó, lo floral no nació femenino ni delicado. Se volvió así a través de siglos de repetición cultural. Y precisamente por eso puede resignificarse.

Hoy, cuando vemos estampados florales en primavera, quizá la pregunta ya no es si son tendencia, sino qué estamos viendo realmente cuando los miramos.

Tal vez por eso las flores siguen regresando cada temporada. No porque sean inofensivas, sino porque cambian de sentido según quién las use.

Y como escribió Rainer Maria Rilke: “Porque lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible, que todavía podemos soportar y lo admiramos tanto porque, sereno, desdeña destruirnos.”

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