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FASHION QUEST: ¿Moda o Tortura?

Imagínate pasar horas arreglándote para salir con la persona que te gusta, planeas el outfit, eliges los accesorios, te maquillas y hasta te esfuerzas un poquito más con el cabello, llega la hora de la cita, aparece la persona y… trae una jersey de fútbol, una hoodie o incluso en pants,  una puede tener sus preferencias, claro, pero después de todo ese esfuerzo, esperas que la otra persona también le eche ganitas. 

Ahora, si algo nos enseña la historia de la moda, es que hay problemas bastante peores que una cita con un outfit cuestionable, a lo largo de los siglos, ciertos ideales de belleza han llevado a las personas a modificar sus cuerpos, utilizar sustancias peligrosas y ponerse prendas que, en algunas circunstancias, podían poner en riesgo su salud y no, no hablamos solamente de zapatos incómodos o de esos pantalones que te obligan a dejar de respirar después de comer, algunas tendencias tuvieron consecuencias mucho más serias.

Empecemos por una prenda que todavía despierta opiniones encontradas, el corsé, durante siglos, fue una pieza importante del guardarropa femenino en Europa y ayudó a construir las siluetas que asociamos con distintas épocas, dependiendo del periodo, la estructura y la forma de llevarlo, podía modificar visualmente la cintura, sostener el busto y cambiar la caída de la ropa, el problema aparece cuando confundimos una prenda histórica con una máquina diseñada para destruir órganos.

Durante mucho tiempo se dijo que los corsés deformaban las costillas, aplastaban los órganos y provocaban toda clase de enfermedades, sin embargo, un estudio de 2023 de la antropóloga Rebecca Gibson, publicado en American Anthropologist, cuestionó varias de estas afirmaciones por basarse en evidencias históricas poco fiables, aunque el uso prolongado podía producir cambios físicos, la investigación no encontró pruebas de que los corsés acortaran la vida o necesariamente impidieran llevar una vida cotidiana normal.

Eso no significa que apretarse la cintura al extremo fuera inofensivo, podía causar molestias y dificultar la respiración o el movimiento, pero tampoco podemos convertir cada corsé en un instrumento de tortura, como suele pasar con la historia de la moda, la realidad es más compleja que lo que nos cuentan los mitos.

Si el corsé nos hace pensar en las siluetas que las mujeres intentaban conseguir, en China encontramos una práctica que iba mucho más allá de modificar visualmente el cuerpo, el vendado de pies (foot binding) se practicó durante siglos y estuvo relacionado con los ideales de belleza, el estatus social y las expectativas matrimoniales.

Desde la infancia, los pies de las niñas se envolvían con vendas para limitar su crecimiento y doblar los cuatro dedos más pequeños hacia la planta, se buscaban los llamados lotos dorados, de unos siete centímetros y medio, algunos zapatos tradicionales conservados en museos son tan pequeños que cuesta imaginar cómo alguien podía caminar con ellos.

Tener los pies vendados llegó a considerarse una señal de belleza y distinción, también podía indicar que una mujer pertenecía a una familia que no necesitaba que ella realizara trabajos físicos, pero conseguir esa apariencia tenía consecuencias, el vendado alteraba permanentemente la estructura ósea del pie, provocaba dolor y dificultaba caminar, además de aumentar el riesgo de caídas, un estudio publicado en el Journal of Bone and Mineral Research documentó cambios en el hueso del talón asociados con esta práctica.

Los pies pequeños podían influir en las posibilidades de matrimonio y en la posición social de una mujer, por eso, no se trataba únicamente de una cuestión estética, también había una presión social detrás de aquella costumbre, lo que se consideraba un símbolo de distinción podía terminar limitando la movilidad y la independencia de quienes pasaban por ella.

Pero los riesgos de la moda no siempre estaban en la ropa que se llevaba puesta, a veces, el problema era el color, durante el siglo XIX, los verdes intensos se pusieron de moda en la decoración y los textiles europeos, uno de los pigmentos utilizados para conseguirlos fue el verde de Scheele, desarrollado en 1775 por el químico sueco Carl Wilhelm Scheele, su atractivo estaba en ese tono brillante que resultaba difícil de conseguir con otros pigmentos de la época, el pequeño detalle era que contenía arsénico.

Otros pigmentos verdes también se fabricaban con compuestos arsenicales, que llegaron a utilizarse en papeles pintados, telas y objetos decorativos, la exposición podía representar un riesgo, especialmente para quienes fabricaban o manipulaban estos materiales, durante el siglo XIX también hubo preocupación por los posibles efectos de ciertos papeles pintados en ambientes húmedos, aunque no todas las historias de intoxicación que circularon entonces pueden comprobarse con la misma seguridad.

Eso no significa que cualquier persona que se pusiera un vestido verde estuviera condenada a intoxicarse, el riesgo dependía del material, de la forma en que se utilizaba y del grado de exposición, aun así, el caso resulta inquietante, un color podía convertirse en tendencia sin que quienes lo compraban supieran necesariamente qué sustancias contenía.

Y mientras algunos colores podían esconder riesgos, otras prendas tenían un peligro mucho más evidente, las crinolinas del siglo XIX permitían conseguir las faldas amplias que caracterizaron buena parte de la moda femenina de la época sin tener que recurrir a tantas capas de enaguas, la silueta era espectacular, pero aquellas faldas también podían acercarse fácilmente a chimeneas, velas y otras llamas abiertas.

Cuando una tela se incendiaba, el fuego podía extenderse rápidamente, en una época en la que las velas y las chimeneas formaban parte de la vida cotidiana, llevar una falda voluminosa podía convertirse en un problema serio, el riesgo no estaba únicamente en la crinolina, sino en la combinación de prendas grandes, telas inflamables y las condiciones en las que vivían las personas.

Y si hablamos de productos que prometían mejorar la apariencia, el maquillaje tampoco siempre tuvo una fórmula inocente, durante siglos se utilizaron sustancias que hoy sabemos que pueden ser tóxicas, entre ellas compuestos de plomo y mercurio, el plomo se empleó en preparados que buscaban conseguir una piel pálida y uniforme, mientras que algunos compuestos de mercurio se utilizaron para tratar problemas cutáneos y aclarar manchas.

La exposición a estas sustancias podía provocar daños graves, dependiendo del compuesto y de la cantidad a la que una persona estuviera expuesta, las consecuencias podían incluir problemas neurológicos y renales, la ironía es que algunos de estos productos se vendían para mejorar la apariencia, pero podían terminar perjudicando precisamente a quienes los utilizaban.

En el siglo XX, la fascinación por la ciencia llevó esta búsqueda de belleza por otro camino, algunas empresas comenzaron a comercializar cosméticos con radio, una sustancia radiactiva, y a promocionarlos con promesas de rejuvenecimiento, vitalidad y una apariencia más saludable, en aquella época, la radiactividad se asociaba con la modernidad y el progreso, así que estos productos podían parecer innovadores.

El problema era que la exposición al radio podía dañar los tejidos y provocar graves problemas de salud, lo que se presentaba como un avance para cuidar la belleza aprovechaba una novedad científica cuyos riesgos todavía no se comprendían plenamente y, una vez más, quienes confiaban en esas promesas podían acabar pagando las consecuencias.

Pero no todos los tratamientos peligrosos se vendían en un frasco, a finales del siglo XIX y durante las primeras décadas del XX, los rayos X también llegaron a utilizarse con fines dermatológicos y estéticos, incluida la eliminación del vello.

En 1896, el médico Leopold Freund utilizó radiación para tratar una lesión con vello en una niña, más adelante, los rayos X se emplearon para tratar la tiña del cuero cabelludo, una infección que podía provocar la caída del cabello en ciertas zonas, la radiación permitía destruir los folículos pilosos, pero también podía lesionar la piel, una exposición excesiva podía causar quemaduras, úlceras y daños permanentes.

En aquellos años, la radiología apenas comenzaba a desarrollarse y todavía no se conocían por completo sus efectos a largo plazo, con el tiempo, quedó claro que la radiación no era un recurso inofensivo, lo que al principio parecía una solución innovadora podía dejar consecuencias mucho más graves que el problema que se intentaba tratar.

Después de recorrer estos ejemplos, sería fácil pensar que la moda siempre ha sido una amenaza, pero tampoco se trata de eso, la ropa, el maquillaje y los accesorios son formas de expresión y creatividad, el problema aparece cuando una tendencia pone en riesgo la salud o cuando se nos hace creer que debemos soportar cualquier cosa para alcanzar un ideal de belleza.

Hoy no necesitamos vendarnos los pies, utilizar sustancias tóxicas o exponernos a la radiación para sentir presión por cambiar nuestra apariencia, basta con abrir las redes sociales para encontrarnos con una silueta, una piel o un rostro que parecen ser justo lo que todas deberíamos tener y aunque los tiempos han cambiado, la presión por parecernos a cierto ideal sigue ahí.

Por eso, vale la pena preguntarnos cuánto estamos dispuestas a sacrificar por alcanzar una imagen que quizá ni siquiera es realista, porque una cosa es disfrutar de la moda, experimentar con nuestra apariencia y arreglarnos porque nos gusta, y otra muy distinta es sentir que tenemos que hacerlo a costa de nuestra salud.

Así que sí, después de leer todo esto, que tu cita llegue con una jersey de fútbol o en hoodie es el menor de los problemas, niñas, dejemos de normalizar estándares de belleza inalcanzables que pueden terminar perjudicando nuestra salud, cortemos con estas modas de terror, porque eso sí da miedo.

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