Se estrenó una de las películas más esperadas y polémicas del año: Cumbres Borrascosas, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi. Una nueva adaptación del clásico de Emily Brontë — que ya tuvo una de sus versiones más icónicas en 1939 — y que vuelve a poner sobre la mesa el romance atormentado, la intensidad y esa pasión que parece consumirlo todo. Pero seamos honestos: aquí no venimos solo por el drama gótico. Estamos por el vestuario, porque si algo sabemos en este espacio, es que en el cine, la moda nunca es casualidad.
La mente detrás del vestuario de esta nueva adaptación es Jacqueline Durran. Y si el nombre no te suena de inmediato, piensa en esto: el vestido empapado de Elizabeth Bennet bajo la lluvia en Orgullo & Prejuicio, ese verde intenso que se movía con el viento en los páramos; o los vestidos suaves y nostálgicos de Jo March en Mujercitas, que hicieron que medio internet quisiera escribir novelas con mangas abullonadas. Exacto. Esa es ella. Reconocida por convertir el drama de época en un lenguaje visual propio, Durran diseña con emociones. Su formación en filosofía e historia le permite reinterpretar cada silueta con un contexto preciso, logrando que el vestuario no acompañe al personaje: lo expone. Carácter, tensiones y deseos reprimidos quedan revelados a través de la ropa. Ganadora de dos premios Oscar por Anna Karenina y Mujercitas, y tres premios BAFTA, ha definido la estética del romanticismo cinematográfico contemporáneo. Y como si eso no fuera suficiente, también fue la responsable del universo milimétricamente calculado de Barbie en 2023.
Ahora llevemos todo ese talento a los páramos de Cumbres Borrascosas. Junto a la directora Emerald, Durran iniciaron una lluvia de ideas casi obsesiva para construir a nuestra nueva Cathy. Los moodboards eran cualquier cosa menos previsibles: referencias al periodo Tudor, ecos de los años cincuenta, siluetas isabelinas, estructuras georgianas y dramatismo victoriano. También había pinturas, indumentaria histórica reinterpretada desde una mirada contemporánea y, lo más interesante, archivos vintage de McQueen y Mugler que aportaban esa tensión entre romanticismo y amenaza.
El resultado de este moodboard no fue un par de vestidos icónicos; estamos hablando de un guardarropa completo. Durran creó entre 45 y 50 looks, con una paleta dominada por rojo, negro y blanco; algunos confeccionados completamente a mano y a la medida exclusivamente para Margot Robbie. Cada uno diseñado para revelar una nueva faceta de Cathy, en tres actos que van del amor y la pasión, al despecho y los celos, hasta culminar en su fragilidad absoluta. Varios ya se perfilan como los más comentados de la temporada. Y como buenos fashion insiders, vamos directo a los que encendieron la conversación.
Primero está el look de silueta amplia, mangas abullonadas y falda de aire campestre, ese que inmediatamente te transporta a un retrato rural europeo… pero con filtro de Hollywood dorado. Visualmente, es un cruce calculado entre campesina romántica y heroína de melodrama clásico. La inspiración parte de una lechera alemana, pero el resultado va mucho más allá del campo. Aquí quisieron condensar en una sola silueta un guiño a la época, otro a la moda contemporánea y, por supuesto, un homenaje al glamour cinematográfico. Entre las referencias clave: Michèle Mercier como Angélique Sancé de Monteloup en Angélique, marquesa de los ángeles (1964) y una portada del suplemento de Vogue Alemania de septiembre de 2010, guiños sutiles que consolidan el look como un homenaje al Hollywood dorado sin perder su romanticismo pastoral.
El vestido de novia de Cathy también dio de qué hablar, y no precisamente por su silueta. El verdadero debate fue el blanco absoluto. Un blanco puro, impecable, casi desafiante, que muchos señalaron como históricamente cuestionable dentro del contexto de la novela. Las referencias, eso sí, estaban claras: la opulencia victoriana y la alta costura de los años cincuenta. Desde el retrato de la emperatriz Isabel de Austria pintado por Franz Xaver Winterhalter en 1865, hasta el icónico vestido Petal de Charles James de 1951 —pieza que Durran tuvo muy presente durante el proceso—, además de un vestido de novia de 1887 conservado en el Museo de Arte de Cincinnati. Pero aquí el blanco no busca exactitud histórica. Funciona como símbolo narrativo. No habla de pureza literal; habla de idealización, de expectativa social, de esa ilusión romántica que la película se encarga de tensionar.
El look traslúcido de la noche de bodas fue, sin duda, uno de los más discutidos. Un diseño íntimo, de silueta delicada y transparencias estratégicas que le dan a Cathy una presencia casi fantasmal. La inspiración partió de una imagen de los años cincuenta: una modelo envuelta en papel celofán con un lazo rojo, como si fuera un regalo —referencia al Calendar Girls, Sex Goddesses and Pin-Up Queens of the ’40s, ’50s and ’60s. Esa era la sensación que buscaban: fragilidad envuelta en expectativa. Aquí Durran prioriza psicología sobre protocolo histórico. El vestido no se pensó desde la fidelidad de época; nace del estado mental del personaje. También hay ecos de Thierry Mugler Primavera–Verano 1996 y de la colección VIII de Honor NYC Primavera 2024. ¿La controversia? Una sensualidad más explícita que en adaptaciones anteriores. ¿El resultado? La transparencia no es solo estética: es vulnerabilidad expuesta.
El más polémico —y con diversas opiniones— fue el ya bautizado en redes como el vestido rojo de látex. Desde las primeras imágenes, el material desató debate inmediato. ¿Látex victoriano? ¿Fantasía fetichista en los páramos? Plot twist: no es látex. Se trata de un tejido sintético con acabado ultra brillante y plastificado que logra ese efecto casi líquido frente a cámara. Y sí, el rojo no es casualidad. A lo largo de la película, el color se convierte en código visualpara Cathy: deseo, rebeldía y peligro en una sola silueta. Como guiño histórico, el look retoma la intensidad dramática del vestido que llevó Vivien Leigh como Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó (1939), pero reinterpretado con una tensión mucho más contemporánea.
Otro de los momentos que no pasó desapercibido fue el look de la capa roja. Sí, muchos la llamaron “la Caperucita oscura”, pero aquí no hay nada ingenuo. Cathy aparece envuelta en escarlata sobre un vestido plateado que refleja la luz con frialdad casi metálica. Aunque las capas eran habituales en la época, Jacqueline no quiso copiar historia: decidió reinterpretarla. Hay ecos del melodrama hollywoodense de los años cincuenta y una referencia directa a una capa del siglo XVIII del Museo Metropolitano de Arte. El resultado es puro impacto visual. El rojo irrumpe sobre el paisaje gris como símbolo de pasión y violencia, convirtiendo a Cathy en el epicentro visual de cada escena.
El último vestido tampoco pasó desapercibido. Inspirado en una pintura de Franz Winterhalter y reinterpretado a partir de un traje de campesina suiza de mediados del siglo XIX, fusionando el blanco, terciopelo y una silueta estructurada que roza lo ceremonial. El corsé marcado y las mangas voluminosas construyen una figura rígida, casi de retrato al óleo. Y luego están las cadenas, no están como adorno evidente, más bien como insinuación. Durran sugirió la idea sin explicarla del todo: quizá la noción de atarse a una misma, evitando hacerlo literal. Hablamos de un vestido que habla de estatus, pero también de límites autoimpuestos y deseo reprimido.
Los vestidos no solo fueron el tema de debate; los accesorios terminaron de construir al personaje, porque en el universo de Jacqueline Durran, los tocados, la joyería y cada elemento que acompaña a Cathy funcionan como extensiones emocionales. Hay un elemento que atraviesa todo su vestuario: las cruces de pedrería. En ese momento histórico, las cruces góticas estaban en plena tendencia, y Durran las utiliza como código visual recurrente. Las referencias: el detalle del retrato de Isabel I pintado por George Gower en 1588, y, en contraste contemporáneo, un chaleco con cruces de la colección primavera–verano 2017 de Dolce & Gabbana.
A eso se suman joyas de archivo de Chanel, que elevan cada look con una sofisticación silenciosa. En cuanto a los tocados, cada uno marca un momento emocional distinto: la tiara convertida en tocado nupcial, casi más símbolo que accesorio; el enorme sombrero de paja salpicado de estrellas fugaces, entre fantasía y capricho; y el sombrero ruso que lleva en Navidad, acompañado de un vestido blanco bordado con hilo de plata, donde la inocencia visual contrasta con su mundo interior.
No podemos dejar fuera al nuevo Heathcliff, interpretado por Jacob Elordi.
Si Cathy se construye desde el dramatismo visual, él entra con una presencia mucho más sobria, pero igual de estratégica. Su estética llamada Moorcore, no se presenta como tendencia viral, funciona como concepto: combina páramos ingleses, romanticismo oscuro y masculinidad gótica, sin convertirse en disfraz. Es melancolía con presupuesto. Durran evita fijarlo en un periodo exacto. Hay guiños a lo georgiano tardío, a ese final del siglo XVIII que siempre ha acompañado la imagen clásica de Heathcliff. Siluetas estructuradas, camisas con volantes y lazadas —de esas que el cine adora— refuerzan su aura de héroe atormentado. La paleta es inevitablemente oscura y sobria: negros, grises y tonos tierra. Mientras el vestuario de Cathy muta y genera conversación, él se mantiene firme en su aura byroniana que el cine ha consagrado como icono.
Tenemos a Isabella Linton, interpretada por Alison Oliver.
Su presencia es completamente distinta: más tierna, casi de muñeca, y es justo ahí donde Durran termina de marcar el contexto social. A diferencia de Cathy, el vestuario de Isabella se apega mucho más al periodo histórico. Las referencias son claras a la década de 1860, especialmente en la construcción de las faldas amplias y estructuradas. Encajes abundantes, cuellos victorianos cerrados, detalles delicados con un aire casi infantil. Todo ligeramente exagerado, como si esa feminidad estuviera subrayada a propósito. La paleta también habla: tonos tenues, pasteles rosados y naranjas suaves que contrastan con la oscuridad de Heathcliff y la evolución cromática de Cathy. El resultado es una imagen cuidadosamente construida de romanticismo e ingenuidad, donde la pasión existe, pero permanece contenida bajo capas de protocolo y decoración.
Para cerrar, están Edgar Linton, interpretado por Shazad Latif, y Nelly Dean, a cargo de Hong Chau.
El vestuario de Edgar rompe con la expectativa tradicional del caballero victoriano discreto. Aquí hay tejidos brillantes, acabados más recargados y una presencia visual que no pasa desapercibida. La riqueza y la posición de poder del personaje se traducen directamente en su ropa. Verdes profundos y dorados dominan su paleta, dejando claro que su autoridad no es emocional como la de Heathcliff, es estructural. Con Nelly el reto fue distinto, necesitaba integrarse al universo dramático sin competir visualmente: la solución fue trabajar con texturas y bordados sutiles que le dieran identidad propia, sin exagerar su silueta.
De los corsés impecables a la fantasía rosa más comentada del año, Jacqueline Durran confirma que su diálogo con la moda atraviesa épocas y géneros con absoluta naturalidad. Si alguien podía vestir la intensidad gótica de Cumbres Borrascosas sin perder sofisticación, era ella. Porque cuando hablamos del vestuario de esta película no hablamos de simple recreación histórica. Hablamos de una diseñadora que entiende algo esencial: antes de que un personaje ame, sufra o se destruya, primero se construye a través de lo que lleva puesto.
Y en esta historia, el amor es trágico… pero el vestuario es absolutamente irresistible.
Cada escena de Cumbres Borrascosas es un desfile de emociones y estilo que querrán capturar en mental snapshots. No basta con leer sobre él… hay que vivirlo en pantalla grande, disponible ahora en cines.













































