Guillermo del Toro vuelve a poner la mirada del mundo sobre la unión entre cine y diseño. Con Frankenstein, su más reciente proyecto, el director mexicano demuestra que el vestuario puede ser una herramienta narrativa tan poderosa como la propia palabra. Lejos de limitarse a vestir a los personajes, la ropa y las joyas de esta película funcionan como un recurso visual que revela la vida interior de cada uno, sus deseos, contradicciones y redenciones.
La diseñadora de vestuario de Frankenstein Kate Hawley, colaboradora constante de Del Toro, su trabajo combina historia, emoción y belleza recreando la estética de mediados del siglo XIX con un enfoque teatral. Texturas, costuras y colores se alinean con el arco dramático de los personajes.

Hawley parte de una paleta cromática construida con cuatro tonos principales: rojo, azul, verde y blanco, los colores acompañan la evolución emocional de los personajes y reflejan el conflicto central de la película: el deseo humano de crear vida y las consecuencias de desafiar los límites de la naturaleza.
El rojo, presente en las prendas de los primeros actos, representa el fuego del conocimiento, el impulso científico y la pasión que mueve a Viktor Frankenstein. Es un color que al mismo tiempo simboliza sacrificio y culpa.
El azul, asociado al personaje de Elizabeth Lavenza, transmite espiritualidad y distancia emocional. En sus escenas, el azul envuelve la imagen en una atmósfera de nostalgia y contención, como si todo lo que la rodea fuera un reflejo del ideal inalcanzable que Viktor persigue.

El verde, tradicionalmente relacionado con la esperanza y la naturaleza, adquiere en esta película un sentido más oscuro, es el tono de la creación y de la corrupción. En los laboratorios y paisajes de Del Toro, el verde no es un símbolo de vida pura, sino de vida alterada y artificial.
Finalmente, el blanco domina la secuencia final, cuando los personajes enfrentan la consecuencia de sus actos. En este punto, el color deja de ser pureza y se convierte en un espacio vacío, una reconciliación con la muerte y con la idea de perdón.
Frankenstein resalta por su colaboración con Tiffany & Co., que aportó más de veinte piezas de alta joyería, entre collares, anillos, broches y relojes de bolsillo. Muchas de estas piezas provienen del archivo histórico de la firma, lo que añade autenticidad a la ambientación victoriana. Sin embargo, la joyería no cumple aquí una función meramente decorativa cada pieza refuerza el discurso visual de la película: la opulencia se convierte en un recordatorio de fragilidad, la belleza en una forma de encierro.
Mia Goth, quien interpreta a dos personajes con un mismo origen Claire y Elizabeth, lleva algunas de las piezas más notables. Su apariencia combina melancolía y lujo, mostrando cómo el brillo de las joyas contrasta con el deterioro emocional de su entorno.
El resultado final es una estética gótica refinada, donde la luz y la sombra se funden en cada encuadre. Telas envejecidas, encajes delicados y las siluetas estructuradas conviven con la textura visual del metal, vidrio y de la piedra preciosa. Cada escena está construida con detalle, y el vestuario tiene el mismo peso que la actuación o el dialogo.
El director construye un relato visual donde lo estético se mezcla con lo emocional. Más que revivir un mito clásico, su intención parece ser cuestionar qué significa crear vida y hasta dónde llega la ambición humana. A través del color, las texturas y la joyería, la historia habla de lo que los personajes callan: el miedo a la pérdida, la necesidad de redención y la belleza que existe incluso dentro de lo monstruoso.
La visión de Guillermo del Toro y el trabajo de Kate Hawley convierten la moda en un elemento central de la historia. La película ya está disponible en Netflix.
















