Hay algo revelador en volver a escuchar comentarios sobre una alfombra roja y divertirse; no tanto por el chisme, sino por el filo. Opiniones claras y educadas, a veces incómodas, pero bien dirigidas. Desde hace algunos años, pareciera que la moda se ha acostumbrado a hablar en un tono neutro, casi diplomático, donde todo “funciona”, todo “propone” y nada termina de decir algo. Por eso, cuando alguien suelta un comentario sin rodeos, algunos pensarían que está rompiendo reglas, cuando en realidad solo está recuperando una práctica que nunca debió desaparecer: tener criterio, o al menos no esconderlo.

No creo que sea un regreso a lo políticamente incorrecto; más bien lo leo como un hartazgo de la tibieza. La diferencia es importante. Antes, formatos como Fashion Police o Cuídate de la cámara, Desde Gayola y Farándula 40 —hablando de México— entendían que la crítica también podía ser entretenimiento, pero sin renunciar del todo a una base de conocimiento. Hoy, esa combinación se volvió menos común; o hay entretenimiento vacío, o hay discursos tan sobreexplicados que se pierden en sí mismos. En medio de ese ruido, una opinión clara —aunque sea incómoda— se siente casi radical.
También percibo algo generacional; el mismo contenido conecta desde ángulos distintos. La Gen Z no celebra la acidez por sí sola, reacciona a lo que percibe como auténtico; si alguien dice algo con convicción, se vuelve relevante. Los millennials, en cambio, reconocen el formato; hay una nostalgia de cuando la moda podía ser mordaz sin ofrecer disculpas cada cinco minutos. Y los boomers —que pueden ser peores— también encuentran eco ahí, aunque quizá desde otro lugar; al final, lo curioso es que todos coinciden en algo: el deseo de escuchar opiniones que no suenen filtradas.

El problema de suavizarlo todo es que el discurso pierde peso. La crítica —cuando es real— incomoda, cuestiona, te saca de la zona de confort; ahí está su valor. Si a todos se les dice lo que quieren escuchar, la opinión se diluye, el criterio se nubla y la conversación pierde sentido porque se vuelve unilateral. Se crea una ilusión en la que todo está bien, donde todo es válido, pero nada realmente importa; y en ese terreno, la moda deja de evolucionar. Porque, al menos desde mi lectura, la evolución no viene de la complacencia, viene del contraste; en el cambio siempre está la evolución.

La corrección política no desapareció; más bien, se volvió performativa. Se dice lo correcto, se escribe lo correcto, pero no siempre se piensa desde ahí. Por eso empiezan a aparecer grietas donde la opinión vuelve a colarse sin tanto filtro. Tampoco me parece casual que, al mismo tiempo, regresen ciertos códigos estéticos que creíamos superados. La moda siempre ha sido cíclica, pero también es profundamente honesta en sus obsesiones. El regreso de la delgadez dosmilera no es solo nostalgia visual; podría leerse como un síntoma de una industria que vuelve a operar desde el deseo más que desde la validación moral.
Quizá lo verdaderamente interesante no es que estemos regresando, sino que estamos recordando; que la moda no necesita ser complaciente para ser relevante, ni cruel para ser incisiva. Lo que falta —y lo que empieza a reaparecer— es algo mucho más simple y mucho más difícil: la capacidad de mirar, entender y decir, sin miedo a incomodar, pero con suficiente inteligencia para sostener lo que se dice. Podría ser que, al final, lo disruptivo ya no es escandalizar; es tener razón desde el sentido común.





