El itinerante opina

Diez Años Redefiniendo el Lujo y Nadie Sabe Cómo Se Vive Ahí

Estoy un poco consternado, bueno, no… verdaderamente no sé cómo estoy, es una serie de sentimientos encontrados entre risa y desconcierto, leo biografías de diseñadores, y todos, casi sin excepción aseguran ser ecosostenibles por cosas como usar algodón orgánico, dicen ayudar a comunidades indígenas que nunca pidieron ser ayudadas y que, como cereza del pastel, afirman estar “redefiniendo el lujo”. Esta última frase, en particular, me genera una confusión profunda.
¿A qué se refieren exactamente cuando dicen que redefinen el lujo? ¿Cómo lo hacen? ¿Para quién lo redefinen? ¿Y por qué, curiosamente, nadie parece vivir bajo esa redefinición?

Desde aproximadamente 2016, todo el mundo en la moda viene “redefiniendo” el lujo. Han pasado diez años y, sin embargo, el lujo sigue siendo caro, aspiracional, excluyente y profundamente simbólico. Nada de eso ha cambiado de forma estructural. Entonces, ¿qué es lo que se está redefiniendo exactamente? Porque si el resultado se ve igual, se vende igual y se comunica igual, quizá no estamos frente a una redefinición, sino frente a una palabra sin sentido, usada para justificar discursos que no se traducen en producto, experiencia o mercado.
Lo más llamativo es que nadie —ni clientes, ni compradores, ni usuarios reales— parece habitar esa supuesta nueva definición del lujo. No hay prácticas nuevas claramente identificables, no hay códigos distintos, no hay una experiencia transformada. Hay declaraciones. Muchas. Y biografías cargadas de buenas intenciones.

Esta obsesión por redefinirlo todo parece responder más a una ansiedad colectiva que a una postura real. En una industria saturada y muy competida, pareciera que los diseñadores sienten la necesidad de demostrar todas sus credenciales en los primeros cinco segundos: sostenibilidad, impacto social, conciencia cultural, discurso político y, por supuesto, lujo redefinido. Todo al mismo tiempo. Como si no decirlo implicara no existir.

Pero ¿qué se intenta probar con eso? ¿Talento? ¿Conciencia? ¿Autoridad moral? En el intento de ser todo, muchos terminan descuidando lo único que realmente importa y que, además, es su trabajo: el diseño, la calidad, la bien hechura y la coherencia del producto. Se habla más de procesos que de resultados, más de intenciones que de piezas. Y la moda, nos guste o no, sigue siendo un objeto que se toca, se usa y se desea.

A mí me interesa mucho más lo que tienes que ofrecerle a la moda que la historia de toooodo lo que tuviste que superar para poder ser diseñador. El trauma no es un valor agregado. La narrativa sin sustento no construye una marca, ni redefine nada.

También vale la pena preguntarse para quién se está comunicando todo esto. Porque muchas de estas biografías parecen escritas más para tranquilizar conciencias —propias y ajenas— que para conectar con un cliente real. Se habla de comunidades, de impacto y de redefiniciones abstractas, pero rara vez se habla del usuario final, de su experiencia o de por qué debería querer usar esa prenda más allá del discurso.

En un mundo lleno de ruido, comunicar menos puede ser mucho más poderoso. Tener un mensaje claro, definido y honesto —sostenido por el producto y no por la biografía— es hoy un acto casi radical. No todo tiene que ser una causa. No todo tiene que ser una tesis. Y no todo tiene que ser una redefinición.

Tal vez el lujo no necesita ser redefinido. Tal vez lo que necesita es ser entendido, y trabajado. Porque si después de diez años de supuesta redefinición nadie parece vivir bajo ella, quizá el problema no es el lujo, sino el discurso.

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