El pasado fin de semana se inauguraron los esperados Juegos Olímpicos de Invierno en Milán, una de las capitales más influyentes de la moda, y como en cada edición, el desfile inaugural con los uniformes de gala se convirtió en uno de los momentos más comentados: ese punto donde deporte, diseño, identidad cultural e industria se cruzan frente a millones de miradas y transforman la ropa en un discurso visual sobre quiénes somos y cómo queremos ser vistos. Y aunque me encantan los deportes, aquí hablamos de moda, en un escenario especialmente potente como Italia, un país donde la moda forma parte esencial de su historia, su economía y su construcción cultural, y donde el tema de los uniformes adquiere un peso particular.
Varias delegaciones entendieron perfectamente la dimensión simbólica de este momento. Uno de mis favoritos fue Brasil. Un país sin nieve, sin tradición en deportes de invierno, que confió sus uniformes nada menos que a Moncler, marca especializada en ropa de alta montaña que acababa de presentar un desfile espectacular en los alpes franceses. Haití también sorprendió. Con solo dos atletas representando al país, logró colocarse entre los más comentados gracias Stella Jean, diseñadora italo-haitiana que integró referencias culturales, color, identidad y mucho diseño. Mongolia fue otro de los casos más interesantes. Un país donde el 25% de su población continúa siendo nómada, con infraestructura limitada para deportes invernales, presentó uniformes diseñados por Goyol Cashmere, inspirados en los pueblos nómadas, con una narrativa cultural y una ejecución sumamente cuidada y elegante.
- Diseño Moncler para Brasil
Estos ejemplos resultan especialmente interesantes porque algunos de los diseños más sofisticados provinieron de países que no destacan por su tradición en los Juegos de Invierno ya que se en cuentran en una posición geografica que no permite deportes de invierno y por lo tanto no suelen destacar en los podiums. Aun así, enviaron a sus atletas con propuestas al nivel de delegaciones históricas como Canadá, Italia, Francia o Suiza. La geografía no fue un límite para pensar en grande, investigar, diseñar y construir una imagen sólida.
La ceremonia de inauguración inició con un homenaje al diseñador italiano Giorgio Armani, fallecido en septiembre del año pasado a los 91 años. Un gesto que habla del lugar que ocupa la moda dentro de la cultura italiana. En un país donde el diseño forma parte de la vida cotidiana, de la industria, de la economía y del imaginario colectivo. La delegación italiana vistió de Emporio Armani, mostrando esa relación orgánica entre moda y el país.

Y es justo en este punto donde surge inevitablemente la pregunta: ¿Y qué pasó con México?
Nuestra delegación asistió con unos uniformes de gala que buscan representar lo artesanal, aunque la referencia cultural resulta difusa. Si se retirara la bandera con el escudo nacional, sería difícil identificar su procedencia, ya que muchos países latinoamericanos comparten este tipo de tejidos y técnicas. Creo que funcionan como una chaqueta vendible, incluso atractiva para el mercado comercial, pero estamos hablando de un momento ceremonial, de máxima exposición internacional, para el país y para los atletas que dedican su vida entera al deporte, y el uniforme que portan es la imagen con la que representan a México frente al mundo. Desde mi punto de vista, estéticamente quedaron a deber.
Y aquí vale la pena hacer una pausa. Con frecuencia se asume que expresar una opinión incómoda sobre la representación de nuestro país equivale a hablar mal de México, cuando en realidad analizar, cuestionar y proponer es una forma de buscar hacerlo mejor. No es lo mismo decir “no me gustó” y cerrar la conversación, que detenerse a reflexionar, señalar áreas de oportunidad y plantear caminos posibles.
En este punto me resuena una frase que escuché en una entrevista a la diseñadora Carla Fernández, cuando le preguntaban sobre la critica a la moda: “Resistir desde el hacer. No nos podemos quedar con la idea, debemos proponer y accionar”. Opinar no es descalificar, es involucrarse; cuestionar no significa estar en contra, significa que nos importa.
Basta ver los comentarios en redes sociales para notar esta polarización: “si no te gustaron, entonces querías que fueran minimalistas”, “si no te gustaron, es porque no amas a México y no te sientes orgulloso”, “si no te gustaron es porque la empresa era mexicana y eres malinchista”. En un entorno cada vez más extremo, donde todo se reduce a blanco o negro, se nos olvida que existen los matices, y que justo ahí es donde se construyen las conversaciones más valiosas.
Después de esa breve pausa, les quiero comentar que esto no es un caso aislado, algo similar ocurrió en los pasados Juegos Olímpicos de verano de 2024 en otra de las capitales de la moda: París, cuando la marca Men’s Fashion realizó los uniformes de la delegación mexicana. Las redes sociales se llenaron de comentarios: que si parecían taxis de la Ciudad de México, que si el rosa, que si el Ángel de la Independencia, que carecían de visión deportiva y calidad. Más allá del juicio estético, lo que quedó fue una sensación colectiva de oportunidad desaprovechada.

En ese contexto Anna Fusoni, sí una vez más Anna, fiel a su convicción de que en México sobra talento. Lanzó la pregunta directa en una convocatoria: ¿Qué hubieras diseñado tú para los uniformes de gala de la delegación mexicana? Y lo llamó “Divertimento de Moda: Mi creación Olímpica”. La respuesta fue contundente: más de 200 portafolios provenientes de todo el país, con propuestas sólidas, investigación, narrativa, diseño y funcionalidad. El jurado estuvo conformado por Anuar Layón, Elizabeth Salim, Julián de la Torre y Mariana Luna, quienes evaluaron creatividad, apego al tema e innovación en la silueta.
Los ganadores fueron: Pepé Merino, ilustrador de moda y diseñador de Tlaxcala en primer lugar, inspirado en la leyenda del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. El segundo lugar lo obtuvo Benjamín Abad, arquitecto originario de Michoacán, con una propuesta basada en la vestimenta revolucionaria. El tercer lugar fue para María Sol Maidana, diseñadora de Monterrey, con una interpretación street.
Personalmente, mi favorito fue el de Benjamín. Me pareció una propuesta muy bien pensada desde la silueta, los cortes, el volumen y la estructura. Se nota su formación como arquitecto al entender el cuerpo como un objeto envolvente. Además, su inspiración en las siluetas: las adelitas y los revolucionarios conecta con una parte de nuestra historia y con el deporte, recordemos que varios de los atletas olimpicos están en un programa de alto rendimiento dentro de las fuerzas armadas, como es el caso del actual director de la CONADE, Rommel Pacheco, quien ostenta el rango de teniente.
En el caso de los uniformes de invierno para los actuales Juegos Olimpicos que diseñó Charly, marca mexicana y patrocinador del Comité Olímpico Mexicano, se abre una conversación interesante sobre las posibilidades creativas que podrían explorarse. La marca en un futuro podría lanzar una convocatoria abierta o apostar por una colaboración con diseñadores de autor para elevar el resultado final. Tomar alguna otra inspiración que nos represente como pueblo mexicano, el irse por el camino del artesanal es una elección recurrente en este tipo de proyectos y, ojo, no me malinterpreten, en esta revista amamos el artesanal mexicano y lo promovemos constantemente. Pero a veces pareciera que estamos atrapados en la misma narrativa, como cuando surge una colección más inspirada en Frida Kahlo. Funciona, sí, pero también limita. Tenemos una riqueza cultural tan vasta que reducirla siempre al mismo punto de partida termina por ser repetitivo.
Y aquí aparece otro tema fundamental: diseñar ropa deportiva, especialmente para climas extremos, exige un conocimiento técnico profundo. México no cuenta con marcas especializadas en alta montaña porque, sencillamente, no tenemos la geografía ni la infraestructura necesarias para desarrollar de forma constante este tipo de disciplinas. Justo por eso resulta indispensable acercarse a especialistas, investigar, observar, probar, entender los requerimientos reales del atleta y diseñar a partir de ahí. No basta con pensar en una prenda térmica o polar; la silueta, el peso, la movilidad, la ergonomía y la funcionalidad y la estética son parte esencial del diseño.
En este terreno, los materiales juegan un papel determinante. El algodón, tan presente en muchos procesos artesanales, no funciona adecuadamente en el deporte: absorbe el sudor, no seca con rapidez, incrementa el peso de la prenda y genera incomodidad. Por eso, en contextos deportivos y, especialmente, en climas extremos, se utilizan textiles tecnológicos que permiten la transpiración, el secado rápido, la regulación térmica y la ligereza. Cada cierre, cada costura, cada refuerzo y cada ajuste tienen un porqué, incluso las marcas especializadas han invertido muchísimo en investigación para crear nuevos materiales. Las chaquetas, que fueron el punto focal de los uniformes olimpicos, reflejaban un trabajo visual inspirado en el bordado artesanal, pero bordar en ropa deportiva no resulta funcional, no porque sea imposible, sino porque no responde a las exigencias reales de deportes de invierno. Todo apunta a que estos motivos artesanales pudieron ser sublimados, lo que termina por diluir justo aquello que se buscaba destacar: lo artesanal.
El no trabajar bajo el artesanal no implica abandonar la identidad mexicana. Implica diseñar desde otros referentes. Tenemos una riqueza simbólica inmensa: el lobo mexicano, la abeja maya, la dalia —flor representativa de México—, el ajolote, el jaguar, el quetzal, el maguey, el maíz, el cacao, nuestras montañas y volcanes, la arquitectura prehispánica, la historia revolucionaria, el muralismo, el cine de oro, la lucha libre, la charrería, los alebrijes, la mariposa monarca, entre muchos otros referentes.
Mientras trabajaba en este artículo, me apareció un TikTok en el que personas le pedían a la IA que generara diseños de los uniformes de invierno inspirados en aquello que, desde su perspectiva, mejor representa al país. Y no, no estoy diciendo que se use la IA para sustituir a los diseñadores ni al ecosistema creativo, sólo me pareció muy interesante ver cómo la gente —fuera de la moda— imagina a México más allá de lo artesanal.
Marcas especializadas en deportes de alta montaña como Salomon o The North Face realizan constantemente colaboraciones con diseñadores para renovar su lenguaje visual e innovar en sus propuestas. Ese mismo camino podría tomarse en México. Charly —o cualquier otra marca— podría apostar por colaboraciones que eleven el nivel creativo. Imagínense cómo se vería una colaboración entre Charly x Jonathan Morales con sus siluetas escultóricas —de hecho, el diseño de Moncler para Brasil me recordó mucho a una pieza suya, no sé qué opinen.
- Diseño No Name x Jonathan Morales
- Diseño Moncler para Brasil
O una propuesta de Carla Fernández reinterpretando siluetas autóctonas desde un lenguaje contemporáneo, un uniforme más street por Diego Zúñiga, unos coloridos por Pineda Covalin, o con la elegancia estructural de Abel López. Las posibilidades son tan amplias como el talento que existe en el país.
Otro argumento que he visto mucho en redes es la austeridad. Sin embargo, la delegación mexicana en los Juegos Olímpicos de Invierno estuvo conformada por cinco atletas. ¡Cinco! Resulta difícil sostener que no exista margen presupuestal de parte de gobierno para desarrollar una propuesta personalizada. Hay ejemplos de que este tipo de colaboraciones son posibles. Les voy a dar un dato. En 2021, el diseñador mexicano Anuar Layón fue el encargado de diseñar los uniformes de los capacitadores asistentes del INE, sí, las personas que recorren el país casa por casa durante los procesos electorales para decirte que fuiste seleccionado para estar en casilla. Fueron prendas transformables, cómodas, pensadas para climas variables, desde calor extremo hasta lluvia, con textiles adecuados y una funcionalidad impecable. Si algo así pudo realizarse para un proyecto de escala nacional, resulta lógico pensar que también podría hacerse para los uniformes que representan a México en un escenario internacional de esta magnitud.
Cuando se habla del concepto “Made in Italy”, se habla de un sistema construido a lo largo de siglos: herencia artesanal, innovación tecnológica, industria sólida, narrativa cultural y orgullo nacional. México hoy busca trazar su propio camino con el resurgimiento de la etiqueta “Hecho en México” y el impulso al consumo local bajo el lema “Lo hecho en México está bien hecho”. Estos eventos globales se convierten en plataformas ideales para proyectar ese discurso, mostrar su potencial creativo y fortalecer la imagen del diseño mexicano frente al mundo.

México tiene un legado extraordinario y un talento creativo igual de amplio. Lo que creo hace falta es un puente entre gobierno, instituciones y moda, con una visión que entienda la moda como una herramienta cultural, simbólica y diplomática.
Diseñar uniformes olímpicos no es vestir cuerpos, es construir un discurso visual sobre quiénes somos como país y lo más importante: sobre el respeto, el agradecimiento y el orgullo que sentimos por nuestros atletas olimpicos que pasan toda su vida entrenando para representar a nuestro país. Y en ese terreno, todavía tenemos muchísimo por decir.
































































